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Discriminación y racismo: un problema de todos

Discriminación y racismo: un problema de todos
Aunque parece un problema del siglo XIX, hace menos de cincuenta años había escuelas norteamericanas públicas que no aceptaban alumnos afroamericanos. A pesar de los avances en la legislación, el racismo sigue estando muy presente en nuestra vida cotidiana.

El 21 de marzo de 1960, una manifestación en la ciudad de Sharpeville, Sudáfrica, fue brutalmente reprimida por la policía del país, que abrió fuego contra los manifestantes, dejando un saldo de 69 muertos. Los manifestantes protestaban pacíficamente contra la “ley de pases”, que obligaba a las personas negras a tramitar un permiso especial (“pase”) para circular por barrios reservados a la población blanca.

Esa legislación formaba parte de las acciones del apartheid, una serie de leyes discriminatorias que fueron impulsadas y mantenidas en vigor desde 1948 hasta 1992 por un sector de la población blanca del país que, a pesar de representar sólo al 21% de la ciudadanía, impuso su voluntad sobre el casi 70% de personas negras y el 10% de mestizos que habitaban Sudáfrica.

La situación de discriminación racial hacia las personas negras no era un problema exclusivamente africano. En los mismos años, el reverendo Martin Luther King desarrollaba, en los Estados Unidos, el Movimiento por los Derechos Civiles. Se trataba de ciudadanos afroamericanos que luchaban contra un conjunto de leyes discriminatorias que, surgidas después de la abolición de la esclavitud, daban a la población negra un estatus de “iguales pero separados” con respecto a los blancos. Sin negar el derecho a la salud, la educación o el esparcimiento de todos los ciudadanos, se crearon escuelas, hospitales y hasta bares separados para blancos y negros. Recién en 1965, gracias a la acción del Movimiento por los Derechos Civiles, se abolirían estas leyes segregacionistas.

En este clima de denuncia y lucha contra el racismo, las Naciones Unidas proclamaron, en 1966, el 21 de marzo como Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. Muchos avances han sucedido desde entonces: la caída del apartheid, la eliminación de leyes discriminatorias y el avance de marcos legales internacionales para sustentar el tratamiento igualitario de todas las personas. Sin embargo, en muchos aspectos el racismo sigue formando parte de la vida cotidiana de nuestras sociedades.


El racismo en el trabajo


El lugar de trabajo y la escuela son dos de los ámbitos sociales en los cuales se producen con mayor frecuencia situaciones de discriminación por motivos raciales o étnicos en América Latina. Un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) muestra que, en contextos de crisis económica, aumenta la discriminación laboral en perjuicio de grupos étnicos, especialmente para las personas de origen asiático, africano, indígena y otras minorías étnicas. En cada grupo, además, se suma la discriminación de género, que relega en un lugar aún peor a las mujeres.

Aunque no hay muchas cifras oficiales, el informe de la OIT muestra que, en Estados Unidos, la tasa de desocupación de la población negra duplica a la de la población blanca. En América Latina, la situación de los refugiados africanos se suma a la de la población de origen indígena, que ve muchas veces limitadas sus posibilidades de inserción laboral a trabajos no calificados. Para puestos administrativos o de atención al público, en cambio, los empleadores prefieren incorporar personas de origen europeo.

En Europa, la discriminación laboral hacia africanos, asiáticos, europeos del este y latinoamericanos forma parte de la agenda política de muchos países. Finlandia, por ejemplo, interviene activamente en la formación educativa y la inserción laboral de la población romaní. En España se han implementado programas de microcréditos y formación profesional para la población gitana e iniciativas similares se han desarrollado en Hungría e Irlanda.

Estas prácticas se denominan de “discriminación positiva”, porque tratan diferentemente a las minorías étnicas o raciales pero, a diferencia de la discriminación negativa, buscan favorecerlas. Paradójicamente, muchas veces logran el efecto contrario, puesto que generan resentimiento por parte de la población blanca, que se siente discriminada frente a estas minorías.

La tendencia demográfica mundial, sin embargo, nos dice que es inevitable una mayor diversidad étnica y cultural en el ámbito laboral. En Europa, por ejemplo, el envejecimiento de la población local es complementado por una juventud migrante que busca una mayor capacitación laboral y formación educativa. En América Latina, la circulación de trabajadores jóvenes por países limítrofes, la formación de profesionales en países distintos del de su nacimiento y la movilidad de estudiantes de posgrado permiten prever una situación de hecho más diversa, que deberá ser sostenida por acciones positivas en contra de la discriminación racial.


Discriminación en el lenguaje


Quizás el lenguaje sea el lugar más sensible a nuestros valores, miedos y esperanzas en la vida cotidiana. También es el lugar en el que nuestros prejuicios son más visibles, incluso a pesar nuestro. Las comparaciones, analogías y metáforas muestran a menudo de qué manera concebimos el mundo, cuáles son nuestras creencias más íntimas. Al formar parte de la comunicación de todos los días, no somos conscientes del contenido racista de muchas expresiones que usamos y que se escapan al control políticamente correcto que podemos hacer conscientemente.

Si una persona trabaja mucho, con gran esfuerzo, decimos que “trabaja como un negro”. ¿Como un esclavo? ¿Los descendientes de africanos son esclavos? ¿No pudimos, todavía, abolir la esclavitud en nuestro lenguaje?

Si un niño se ensucia, desordena o se porta mal, le decimos “no seas indio”; si vienen varios juntos, “ahí viene el malón”. ¿Qué prejuicios tenemos sobre los descendientes de los pueblos originarios americanos? ¿Un grupo de indígenas es un grupo amenazante, un malón que nos da temor?

Las expresiones discriminatorias se multiplican: “no seas maricón” indica que la homosexualidad disminuye la valentía; los “chistes de gallegos” nos hicieron creer que todos los españoles vienen de Galicia, y que todos ellos tienen una inteligencia inferior; las “amas de casa” no tienen su equivalente masculino; “los gerentes” no tienen un equivalente femenino.

Aunque en muchos casos no se las use con una intención ofensiva o discriminatoria, lo cierto es que este tipo de expresiones son ofensivas. Pueden, en consecuencia, herir a aquellas personas que se ven evocadas como símbolo de la esclavitud, de la incivilidad, de la cobardía o de la estupidez.


Aprender de las tragedias históricas para combatir la discriminación racial del presente


Este fue el lema que las Naciones Unidas eligieron para el 21 de marzo de 2015. Con él se recuerdan las tragedias derivadas del racismo en el mundo, situaciones de esclavitud, trata de personas, genocidio, xenofobia e intolerancia. Desde esta mirada, las Naciones Unidas proponen que hacer “memoria” de las tragedias históricas no consiste simplemente en recordarlas, sino en aprender de ellas para no repetir los errores e injusticias del pasado.