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Prevención de las lesiones de cadera

La cadera es una articulación sumamente estable y fuerte. Su función básica es soportar el peso del cuerpo en posiciones estáticas y dinámicas, siendo por ende fundamental para la bipedestación y la marcha, incluso ayudando a amortiguar los golpes cuando corremos o saltamos.

La combinación de estabilidad, fortaleza y movilidad que ostenta la hace apta para semejantes responsabilidades en la vida cotidiana.

Si bien se la asimila con las lesiones por caída en los adultos mayores, la preocupación por su indemnidad y consecuencias de su falta empieza con el nacimiento. Cada 10.000 niños, uno nace con displasia de cadera, lo que lleva sin diagnóstico y tratamiento a la luxación de la misma. De allí la importancia para su detección, de los estudios precoces, incluyendo ecografías.

En los adultos jóvenes, aparte de los accidentes, choques, caídas, etc., aparece la incidencia del deporte como generador de lesiones agudas o predisponente de patologías crónicas degenerativas.

A pesar que las caderas actúan como un par de fuerzas, rara vez están simétricas. Puede haber una pequeña asimetría de nacimiento, o puede deberse a hábitos posturales, deportivos o incluso artísticos, como la danza. Acostarse en el suelo boca arriba con las piernas estiradas y relajadas, puede llevarnos a advertir que uno de los pies se desplaza más hacia fuera que el otro. Cuanto más notoria la diferencia, mayor probabilidad de algún grado de lesión que requiera diagnóstico y tratamiento. Con más razón ante la aparición de dolores al ponerse en cuclillas, levantarse, caminar, correr o dormir de costado.

De cualquier manera, nada reemplaza al ejercicio bien ejecutado y controlado como factor de prevención de la degeneración articular, a través de la movilidad que produce. Para ello, caminar, nadar, incluso correr sobre superficies blandas (césped, tierra, arcilla), ejercitarse con los denominados “elípticos” o simuladores del esquí de fondo, tratando de reducir el rebote sobre el piso y usando el calzado adecuado. Periódicamente, “autocomprobar” la movilidad articular, acostándose boca arriba y realizando todos los recorridos que permite la cadera, evaluando si alguno de ellos se detiene o acorta por el dolor, crujidos, o cualquier otra limitación

Volviendo finalmente a los mayores de 65, se dice que un tercio de ellos se cae al menos una vez en el año. Y que en los mayores de 80, la proporción anual es del 50%. Y que de cada tres caídas, una termina con una fractura, sea de muñecas, hombros o caderas, en ese orden de frecuencia. El deterioro de huesos y músculos y la torpeza de los movimientos contribuyen a este hecho. Principalmente en el sexo femenino, hay que actuar contra la osteoporosis, descalcificación ósea resultante de la menopausia, con medicamentos y alimentación adecuada, exposición acotada a la radiación solar y actividad física. Lo segundo es evitar las caídas, no transitando por pisos húmedos o resbaladizos, identificando y esquivando desniveles y pozos, ascendiendo y descendiendo escaleras tomados de los pasamanos o con ayuda de terceros, y si están disponibles recurrir a ascensores, adecuando la vivienda con lugares de paso franco y agarraderas convenientemente ubicadas para una situación de desequilibrio o inestabilidad. Esto último especialmente en el cuarto de baño y sobre todo en la bañera. Y finalmente, aprendiendo a caer, en los “talleres de prevención”, cada vez más habituales en los centros médicos de atención, o recordando lo siguiente: antes que caer, mejor rodar. Si la caída es hacia delante, flexionar las piernas, apoyar el mentón sobre el cuello, cruzar los brazos sobre el pecho, formar una especie de rueda o “bicho bolita” y prepararse para rodar. Si es hacia atrás, flexionar las rodillas, levantar los brazos, apoyar los glúteos, curvar la espalda y tratar de rotar hacia el costado para proteger la cabeza. Reitero, siempre, mejor que caer, rodar.

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