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¿Qué es la telemedicina? La tecnología en el futuro y el cuidado de la salud

¿Qué es la telemedicina? El impacto de la tecnología en el futuro del cuidado de la salud
Hoy pagamos nuestras facturas por Home banking, hablamos con nuestros amigos por Skype, compartimos nuestros archivos en la nube y hasta jugamos en red con desconocidos que están al otro lado del mundo. ¿Llegó el tiempo de la consulta médica a distancia?

¿Se acuerdan cuando uno “se conectaba” a Internet? La red era un lugar al que íbamos, navegábamos un rato (casi siempre por la noche, porque era más barata la tarifa telefónica) para luego volver a nuestra vida “real”, en la que trabajábamos, nos encontrábamos con nuestros amigos o íbamos al médico. En la actualidad, en cambio, la Web 3.0 es una parte de nuestra vida cotidiana: ya no es un lugar al que vamos, sino que estamos conectados permanentemente a ella por el teléfono, la computadora, el televisor, etc. Esta revolución en la conexión y la comunicación entre personas ha llegado también a la medicina. La telemedicina nos propone usar las nuevas tecnologías de información y comunicación para brindar y recibir atención médica a distancia.

Un poco de historia


La radio fue una de las revoluciones tecnológicas más importantes del siglo XX: a diferencia de otras tecnologías de comunicación a distancia (como el telégrafo o incluso el teléfono), permitía la transmisión instantánea de información sin cables. Ya no era necesario un costoso tendido de postes y cables entre los lugares a conectar, sino una única antena transmisora. Su creación cambió la idea que las personas tenían del tiempo y la distancia: las personas podían reunirse a escuchar en Buenos Aires la pelea de boxeo entre Firpo y Dempsey que tenía lugar en el otro extremo del continente en el momento mismo en que tenía lugar y sin pagar un peso.

Las posibilidades de la radio eran tantas que ya en 1924 una revista norteamericana anunciaba un “radio-doctor”, en la primera mención de la historia a la telemedicina.

Sus primeros usos prácticos comenzaron con la “telerradiología” en los años cuarenta, un sistema que permitía enviar radiografías a distancia, y desde entonces comenzó a crecer, sobre todo en los Estados Unidos. A comienzos de los años sesenta, el cine fue usado para realizar campañas de salud que llegaban a lugares remotos, además de circuitos de televisión que permitían el intercambio de audio y video entre médicos de la Universidad de Nebraska y pacientes que se encontraban en pequeños poblados de las montañas. En 1971, la NASA comenzó un programa de telemedicina que atendía, simultáneamente, a los nativos americanos Papago y a los astronautas que orbitaban la tierra.

Desde entonces, la telemedicina ha crecido de la mano de nuevos dispositivos -como smartphones, smartwatches y smartglasses- y de la adaptación de otros existentes, como los dispositivos cardíacos portátiles, medidores de glucosa e incluso marcapasos que, conectados a internet, permiten un monitoreo a distancia y en tiempo real de los pacientes.

La telemedicina hoy


Buena parte de las actividades de una consulta médica se pueden realizar a distancia: podemos contar nuestros síntomas, responder cuestionarios sobre nuestros hábitos. El médico puede indicarnos estudios y recibir sus resultados por la web, desde análisis de sangre hasta radiografías. También pueden realizarse actividades de monitoreo con dispositivos móviles, sin la necesidad de acordar turnos o desplazarse, especialmente cuando un paciente sufre una condición crónica. Existen en la actualidad numerosos dispositivos para diabéticos que les permiten controlar el nivel de azúcar en sangre y enviar la información automáticamente al médico, quien de este modo puede hacer un seguimiento periódico del paciente. En 2009 comenzó a comercializarse un marcapasos con Wi-Fi, que no sólo informa al médico acerca del ritmo cardíaco de la persona, sino que también le permite ajustar el ritmo del marcapasos, controlar la vida de sus baterías e incluso, mediante GPS, localizar al paciente en caso de una emergencia.

A las personas que viven lejos de los centros urbanos, que trabajan en condiciones de confinamiento o aislamiento (en barcos, plataformas submarinas, parques nacionales, etc.), la telemedicina les ofrece la oportunidad de acceder a un médico que, de otro modo, sería inalcanzable. Con el abaratamiento de costos en materia de tecnología móvil, también permite que cualquier persona, incluso viviendo a la vuelta de un hospital, pueda acceder al médico con más comodidad y con la misma confianza que si lo viera en persona. Precisamente en la reducción de costos humanos y de infraestructura reside otra de las grandes ventajas que explican el gran desarrollo de la telemedicina en la actualidad.

Pero sus ventajas no se detienen en abaratar costos, sino también en ahorrar tiempo y mejorar la calidad y gestión de la información. Por medio de sistemas de colaboración virtual pueden realizarse interconsultas y reuniones virtuales entre especialistas que, de otro modo, serían imposibles o llevarían demasiado tiempo: en el año 2013, la Organización Panamericana de la Salud organizó 30.000 interconsultas en 900 salas virtuales. Argentina tiene un lugar destacado en este sistema, con algo más de 40 salas que se emplean periódicamente.

¿Qué dicen sus críticos?


Hay algunas cosas que no pueden hacerse a distancia: el médico no puede auscultar nuestro pecho y espalda, no puede palpar nuestro abdomen. Puede, es cierto, contar los latidos de nuestro corazón, pero no puede tomarnos personalmente el pulso, tranquilizarnos con su contacto, percibir con esa suerte de sexto sentido que es el instinto médico. Los críticos de la telemedicina suelen comenzar señalando esta falta de “toque humano” en la atención a distancia.

Pero no se trata solamente de no perder el vínculo médico-paciente. Se espera que la industria de la telemedicina genere 30 mil millones de dólares en Estados Unidos en 2016, y esto despierta nuevas críticas: ¿no se pone en riesgo la salud de los pacientes sólo para generar y sostener un negocio multimillonario? La efectividad de los dispositivos para monitoreo a distancia descansa enteramente en que el paciente los emplee correctamente: ¿no se genera un riesgo innecesario, delegando tareas que siempre requirieron de un entrenamiento específico para médicos, técnicos o enfermeros?

Otro de los aspectos sensibles que señalan los críticos de la telemedicina es el problema del gran volumen de información generado, su gestión y privacidad: ¿puede esperarse un tratamiento confidencial de esta información que circula de un servidor a otro? ¿Cómo asegurarse de que esta información sensible no se difunda, que no llegue a manos equivocadas que no estén atadas por la ética profesional de un médico?

Finalmente, los sistemas de salud basados en internet funcionan con software, y corren el riesgo de todo software: los bugs y los hackers. Los “bugs” son esos pequeños errores de programación que aparecen en las primeras versiones de un software y que van siendo corregidos con el tiempo. Claro, un error en el Windows puede cambiarnos la hora; un error en un monitor de presión arterial puede tener consecuencias fatales. Y no se trata sólo de errores no intencionales: un grupo de programadores norteamericanos probaron que con el equipo adecuado es posible hackear un marcapasos, alterar su funcionamiento e incluso detenerlo. ¿Podría, entonces, convertirse en una herramienta para afectar la salud de una persona, incluso para matarla?

El futuro de la medicina


Estas preguntas acerca de las posibilidades y los riesgos de la telemedicina son fundamentales, ya no para detener su desarrollo -que a estas alturas parece imparable- sino para orientarlo. Al problema técnico de la mayor variedad y precisión de dispositivos de monitoreo se suman dos grandes desafíos: el entrenamiento y la concientización de los pacientes, y la mejora de la seguridad de los dispositivos y los datos que ellos generan.

Si ahora whatsappeamos con nuestros amigos y tele-seducimos por Tinder, preparémonos para empezar a ir al médico a distancia.