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Síntomas del mal de Parkinson

Mal de Parkinson

El mal de Parkinson es un trastorno neurodegenerativo que conduce a la incapacidad progresiva de las personas que lo sufren debido a la destrucción de un grupo de neuronas llamadas “neuronas pigmentadas de la sustancia negra”. Es la segunda enfermedad más frecuente, situándose por debajo del mal de Alzheimer, y su forma más frecuente aparece a partir de los cincuenta años de edad.

En la actualidad no hay manera de detectar la enfermedad por análisis biológicos, sino solamente por la concurrencia de al menos dos de los siguientes signos:

Temblor en reposo: es el signo más frecuente, y generalmente se manifiesta en el brazo, la mano o los dedos. Este temblor aumenta cuando el paciente está inmóvil y disminuye cuando realiza alguna actividad.

Rigidez muscular: el paciente siente que sus músculos están ateridos o agarrotados.

Bradicinesia: que consiste en la lentitud para realizar movimientos, especialmente en la dificultad para comenzarlos o terminarlos; esto es especialmente evidente en movimientos que requieren de precisión, como abrocharse botones o marcar un teléfono.

Pérdida de reflejos posturales: son los reflejos que nos permiten mantener la postura; por ejemplo, para estar de pie o mantenernos erguidos al sentarnos en una silla.

No hay evidencia de que el Parkinson sea una enfermedad hereditaria, aunque es posible que haya una predisposición genética que, frente a determinados factores ambientales (como toxinas o virus), desencadene la enfermedad. Aunque se sabe poco sobre sus orígenes -y, en consecuencia, sobre su eventual prevención- se sabe con certeza que no es contagioso; por el contrario, es muy importante que los pacientes interactúen con otras personas y no se sientan solos. Esto permite disminuir los efectos psicológicos de la enfermedad, que incluyen depresión, ansiedad, apatía y trastornos en el sueño.


El tratamiento del paciente


La investigación actual ha avanzado mucho en el conocimiento de la enfermedad. Como sigue siendo degenerativa, y no se ha alcanzado una cura que detenga definitivamente su progreso, los tratamientos actualmente disponibles están orientados a mejorar la funcionalidad y la calidad de vida de los pacientes. En la actualidad hay tres tipos de tratamiento principales:

Farmacológico: fundamentalmente gracias a la levodopa y otras formas de dopamina se puede disminuir o morigerar los efectos de la enfermedad en la función motora del cerebro, ocasionados por la disminución de esta sustancia.

Quirúrgico: con el desarrollo de nuevas medicaciones, la cirugía cerebral dejó de ser el principal tratamiento de la enfermedad, sobre todo por sus altos riesgos para el paciente. La estimulación cerebral profunda coloca una especie de marcapasos cerebral que envía impulsos eléctricos regulares que ayudan a los pacientes en los que la medicación no es efectiva.

Rehabilitador: además de rehabilitación muscular, sobre todo con ejercicios, los pacientes de Parkinson pueden necesitar de un logopeda o especialista en trastornos del lenguaje que se manifiestan con el aumento del deterioro neurológico del paciente.


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