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Los Juegos Olímpicos y la epidemia que no fue

Los Juegos Olímpicos y la epidemia que no fue
Semanas antes del comienzo de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro circularon rumores, informes y alertas acerca de las enfermedades e infecciones que esperaban a atletas y turistas. Te contamos qué es lo que efectivamente sucedió.

Los Juegos de Río de Janeiro tuvieron quejas de todo tipo. Desde los hurtos a la habitación de Manu Ginóbili, hasta las cañerías tapadas por la cantidad de preservativos, hubo muchos problemas justificados, exagerados, e incluso inventados. Quizás el que más temores despertó fue el de las enfermedades que acechaban a competidores y turistas.
El Zika y las aguas contaminantes fueron los más destacados, pero ninguna de las amenazas apocalípticas se cumplió. Estas son las tres epidemias que no fueron en los Juegos Olímpicos de Río:

1. El virus de Zika. El más temido por todos. Hubo atletas que llegaron a congelar sus espermatozoides por temor a contagiarse y quedar estériles. 170 científicos de todo el mundo llegaron a proponer que se pospusiera la celebración de los Juegos en una carta a la Organización Mundial de la Salud. Debido a la gran afluencia de personas de todo el mundo, se esperaba una pandemia potencial de alcance global con epicentro en Brasil. Sin embargo, ya terminadas las competencias y entregadas las medallas, no se ha confirmado siquiera un caso de virus de Zika entre los asistentes o competidores a los Juegos Olímpicos. El único caso sospechado, el de la atleta india Sudha Singh, fue diagnosticado con gripe H1N1 en Nueva Delhi.

2. Las aguas contaminadas. Los altísimos niveles de contaminación en las aguas de Rio de Janeiro llevaron al New York Times a decir que “los atletas estarán nadando prácticamente entre heces”. De allí que se previera una enorme cantidad de infecciones y enfermedades entre los competidores que tuvieran el menor contacto con el agua de la Bahía de Guanabara, la cual se denunció con una contaminación 1,7 millones de veces superior a lo permitido para el contacto humano. Sin embargo, aún reconociendo el riesgo que las aguas contaminadas supone para la población local, sólo la navegante belga Evi Van Acker dijo haberse enfermado por el contacto con el agua. Según su propio entrenador, Evi pudo haberse contagiado de disentería durante su entrenamiento previo a los Juegos.

3. Las aguas contaminadas de las piletas olímpicas. Que el río estuviera contaminado es comprensible, pero ¡también las piletas! Esta fue la reacción de los clavadistas olímpicos cuando, al realizar sus pruebas en el Centro Acuático María Lenk, descubrieron que el agua estaba verde y con mal olor. Las hipótesis fueron diversas: una repentina invasión de algas; una reacción química del cloro en contacto con algún metal, como el hierro. Incluso llegó a aventurarse que se trataba de un exceso de orina en el agua que, en contacto con el cloro, habría provocado el cambio. Poco tiempo después de cambiar por completo el agua, para que volviera a su azul original, los análisis de laboratorio permitieron descubrir el misterio: los tanques empleados para el mantenimiento de la pileta se quedaron sin algunos de los productos utilizados, lo cual provocó un cambio en el nivel de pH del líquido. Esta repentina disminución de la alcalinidad provocó el cambio de color del agua, lo cual no tuvo consecuencias para los deportistas que se bañaron en ella.

Terminados los juegos, quizás sea momento de pensar en el rol de la comunicación, que pudo haber creado más miedos de los necesarios para disfrutar de unos Juegos Olímpicos maravillosos. Próximo destino, ¡Tokio!